El COMEDOR DE PECADOS

La chimenea ocupaba por completo una de las esquinas de la habitación. El fuego crepitaba voraz devorando la abundante leña. Pero el calor que desprendía era gélido, comparado con el calor que la tensión desprendía sobre el ambiente. Sentada en un sofá una mujer mira al suelo, mientras sostiene un pañuelo en sus manos. Sus ojos están rojos, prueba de haber liberado abundantes lágrimas. De pie hay tres hombres. El más joven apoyado en la repisa de la chimenea parece buscar respuestas en las llamas, que ascienden como aleluyas al cielo.
Un sacerdote pasea nervioso, con las manos a la espalda, flotando la sotana sobre el suelo.
El tercero, sigue con la mirada al cura en su continuo deambular por la sala. El primero no nota como el fuego se aviva y lanza chiribitas al sentir el vendaval que levanta el manteo del cura al pasar junto a la ventana.
-¡Qué ignominia! ¡Qué apostasía! ¡Anatema! De don Luis bien podía esperarlo, pero de usted, doña Angustias,- se había detenido frente a la mujer y con el dedo extendido la impetraba,- usted que parece protestante y va más a la iglesia que a misa. Ante esta situación no basta estar con el credo en la boca.-

De una habitación cercana llegan ecos de llantos y oraciones bien acompasados, penas pagadas al igual que los grandes cirios cuya luz amarillenta hace penetrar bailantes sombras, en macabra danza, que se burlan frente a las ventanas de la fina lluvia que cae sobre los alfeizares, furiosa.
-Don Julián, un poco de respeto.- El hombre junto a la chimenea se acercó al airado sacerdote, indicando con la cabeza en la dirección de donde procedían los duelos y quebrantos.
-¿Respeto?, Créame que me cuesta. A ese hombre le he dado la extremaunción hace apenas unas horas. Mucho me lo hubiera pensado si hubiera siquiera sospechado lo que había dejado dispuesto y que ustedes ahora quieren llevar a cabo.-La propia vehemencia de sus palabras acabaron por reducir su fiereza.
-Señor notario, – se dirige al hombre sentado a la mesa, que con la mirada fija en los papeles que tiene ante si, parece abstraído y pensativo.- Don Mariano, no podemos permitir esta locura.-
-Mire padre, yo no dispongo, ni apruebo, ni dejo de aprobar, me limito a dar fe de lo que Don Luis dejó dispuesto en su testamento. Y está muy claro, pide, mejor dicho, literalmente ordena, que antes de que se cumplan doce horas desde su fallecimiento sea traído ante su cadáver Juan, conocido como el Mouro y le realice el ritual del comedor de pecados.
-Pero la fe y la iglesia nos obligan a no atender esa locura, esa patarata.- El sacerdote apoyó ambas manos sobre la mesa abarcando, casi cubriendo con el manteo al notario. Este se puso en pie, con los papeles en la mano.
-Por favor, Don Luis era…- hizo una pausa, mirando a la viuda,- como fuere, pero todos le conocíamos y de tonto precisamente no tenía nada. En el caso que no se obedezca su mandato, lega todos, repito, todos sus bienes al estado.
La mujer retomó las lágrimas, en pausa durante el debate y el hombre joven volvió a colocarse cerca de la chimenea, mirando de nuevo las llamas.
-Y esto incluye una importante partida económica que, en caso de hacerse su voluntad, pasaría a la parroquia para sufragar misas por su alma.- el notario se quedó mirando fijo al tonsurado.
-Lo siento pero no puedo cohonestarme con esta burla a Dios y a la fe, ni por todo el oro del mundo.- El ataque se había convertido en defensa y el preste hablaba ahora con la cabeza gacha.- Y me ofende usted insinuando tal simonía. Yo me quito la sandalia, cómprenlo ustedes.- Se sentó en una silla junto a la mesa y se quedó mirando al hombre que ni se había inmutado durante toda la discusión, hierático junto a la chimenea.
Solo las llamas seguían discutiendo.

-Señora, Luisito quiere darle las buenas noches.- Una criada apareció en la puerta de la habitación, llevando de la mano a un pequeño infante, que corrió hacia los brazos de su abuela. El rostro femenino abandonó por un momento la aflicción y una sonrisa apareció en su cara, mientras enjugaba las lágrimas.
-Abuelita, no quiero acostarme, quiero jugar.-Zalamero, el pequeño se asió con fuerza a las rodillas de la mujer.
-Oh mi zarandillo. Tienes que ser bueno e irte a la cama.-
-¿Puedo darle un beso de buenas noches también al abuelo?. La abuela sintió que un escalofrío recorría su espalda. Acarició la cabeza del pequeño.-No cariño, el abuelo ya no podrá darte más las buenas noches, porque ha tenido que marcharse.-Las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos.-Pero recuerda siempre una cosa, él te quería mucho.
-De hecho era lo único que quería en este mundo.-Las palabras parecieron surgir de las mismas llamas de la chimenea.-si es que fue capaz de amar.
El notario se acercó al pequeño y poniendo cara de falsa fiereza le dijo.-Vamos ciudadano del porvenir, tienes que ser obediente e irte a dormir. Porque si no ya sabes que el sacamantecas vendrá a llevarte.
El niño se acurrucó aún más en las faldas de su abuela.- No hagas caso a este señor y vete a tu cuarto con Sarita. Enseguida voy yo a arroparte. Y los únicos que vendrán a hacerte compañía son los ángeles del cielo. Da las buenas noches.-
Ya desde la puerta el infante se volvió y repitió las palabras que la criada le susurraba al oído.
-Buenas noches, abuela. Buenas noches papá. Buenas noches señores.
El hombre junto a la chimenea volvió el rostro y esbozó una sonrisa.- Buenas noches, hijo.-
Cuando el muchachito salió de la habitación la mujer se dirigió al notario: -Don Mariano no me gusta que se asuste a los niños con monstruos, brujas o demonios. Sus cabecitas son aún muy delicadas y no merece la pena el sufrimiento que les provoca el miedo.-
-Por desgracia el sacamantecas no es ningún ser imaginario señora. En los últimos años, que se sepa, han desaparecido catorce niños en la comarca, sin dejar rastro. Y más vale un niño asustado vivo que un niño feliz muerto.-
-Dejémonos de historias y leyendas,- terció el sacerdote, que observó como la conversación incomodaba a la mujer- tenemos entre manos un tema más serio. ¿Han tomado algún tipo de decisión?- preguntó apuntando al joven y a la mujer.
En ese instante un criado apareció en la puerta y dirigiéndose al señor informó:-Ha llegado.-
-Creo que eso responde a su pregunta.- dijo el hombre, abandonando la chimenea y situándose junto a la dama.
-Hazle pasar-.

El montaraz era de constitución fuerte, de torso macizo, hombros anchos y cintura delgada. La cabeza, grande, enmarcaba un rostro ancho de expresión cetrina. El aspecto desaliñado del cabello y la barba de varios días indicaba desaseo y abandono. La ruana que le cubría no había impedido que la lluvia le calara y ahora huyera hacia el suelo.
-¿-Sabes porque se te ha llamado?- intervino el notario, ante la súbita mudez que la presencia del hombre había provocado.
-Sí, me lo han explicado por el camino.-
-¿Y está conforme con las condiciones?.-
-Sí, no es la primera vez que lo hago.-
-Pero, ¿cómo puede avenirse a esta bufonada?- pregunto el sacerdote, manteniendo las distancias con el hombre. -Si se cree lo que hace, está condenando su alma al infierno para la eternidad. Y si no lo cree…, esto no deja de ser un timo, una estafa. En cualquier caso no le va a salir de bóbilis, bóbilis.
-Pero, exactamente en qué consiste este rito o ceremonia o como quiera que se llame.-intervino el notario acercándose curioso al interrogado.- ¿Y cuál es su finalidad?-
-Es muy simple, yo, mi alma, recibe los pecados del difunto y él es libre de presentarse puro y limpio ante el juez supremo.- Se volvió hacia el vicario-. Padre, el miedo arraiga más profundo en el alma del hombre que la maldad. Se sorprendería si viera los pecados reales de una persona. Después de muchos años comiéndolos no creería lo poco manchada que está mi alma. Pero el miedo, ese miedo que tanto riegan y abonan ustedes desde los púlpitos, es lo que hace que la gente recurra a mí.-
-Será mejor que no perdamos el tiempo- terció el notario, hombre de buenas despabiladeras, ante el visible enojo del clérigo.- ¿Necesita algo?
-Sólo una botella de vino que no se haya abierto y un trozo de pan del día.- respondió Mouro dirigiéndose al criado, que permanecía a su lado. Cuando éste salió ante el asentimiento de don Luis, el notario invitó con la mano al hombre a que le acompañara a la habitación donde yacía el cadáver.
-¿Vienen?- pregunto desde el marco de la puerta.
-Por favor…, respondió el sacerdote con gesto de disgusto y sentándose lejos. La mujer y el hijo se limitaron a negar con la cabeza.

Las plañideras cambiaron los llantos por letanías mientras abandonaban la habitación, sin atreverse a mirar a los ojos a Mouro. El cadáver, sobre la cama, estaba amortajado con su mejor traje de lana negro. La cabeza reposaba sobre una pequeña almohada inmaculada. El rostro, con los ángulos marcados en la barbilla, con la mandíbula sobresalida y la frente ancha denotaban el avance de la decrepitud inexorable de la muerte.
Mientras esperan el pan y el vino, el notario le recuerda a Mouro sus palabras en la sala.
-Según decías, mucha gente recurre a ti y por lo que sé, cobras un buen precio por tus servicios. ¿Cómo es entonces que aparentas pobreza y miseria?.-
-Mire usted, como le dije al cura, la mayoría de los pecados de la gente son veniales. Y estos son los pecados más caros. La gula, la vanidad, la lujuria, son muy costosos de mantener.
-Un momento. ¿Quieres decir que cuando tomas los pecados de los muertos, no sólo ennegreces tu alma, sino que además adquieres esas debilidades, esas flaquezas?.
-En efecto, así es.
En ese momento llegó el criado con una botella de vino recién descorchada y un chusco de pan del día. Cuando se hubo marchado Mouro se acercó a la cama, cruzó ambos brazos sobre el pecho y, con los ojos cerrados, agachó la cabeza.
“¡Domine exaudi vocem meam!
De profundis clamavi ad te, Domine.
¡escoita a miña voz !
Fiant aures tuae intendentes.
Superius –Ser
creador do mundo.
Adonai, el Elohe Israel, el Eyón, Elohim, el Olam, El-Roi, El-Shaddai, Emanuel, Jehová, Jehová Jireh, Jehová Mekaddesh, Jehová Nissi, Jehová Rafa, Jehová Rohi, Jehová Sabaot, Jehová Shalom, Jehová Shammah, Jehová Tsidkenu, Jah.
Sustinuit anima mea in verbo eius.”
La letanía se iba convirtiendo en un bisbiseo cada vez menos audible hasta ser imperceptible para el notario, que observaba a los pies de la cama. Después de unos instantes, el latín volvió a ser reconocible.
“Ego sum.
Liber essem volo.
Aufer pondus expectantes animam.
Sit fugere illud.”
Mouro abrió los ojos y desplegó los brazos. Con una mano cogió la mandíbula inferior del cadáver, forzándola a bajarse y dejar la boca entreabierta. Sobre las maderas cerradas de las ventanas, el agua golpeaba inclemente. Quitó el tapón a la botella de vino y vertió su contenido en la abertura, hasta que el líquido empezó a rebosar por las comisuras de los labios, mojando la entrecana barbilla del difunto. Empezó de nuevo a musitar, mientras cogía el trozo de pan y lo mojaba en el vino vertido en el muerto. Cuando el pan estuvo empapado y había adquirido un fuerte color morado, lentamente lo acercó a su boca y lo comió.
El notario miraba asombrado la escena y por un instante notó como las facciones de Mouro se contraían y en sus ojos relampagueaba por un segundo el miedo.

Cuando volvieron a la sala, la mujer permanecía sentada en el sofá. Su hijo estaba ahora a su lado y parecía abstraído. El sacerdote, sentado a la mesa, y con las manos cruzadas, parecía mascullar alguna oración. Se levantó al verlos llegar y se dirigió hacia ellos.
-Bien ¿podemos dar por finalizado este gatuperio?
Mouro permanecía al lado del notario absorto, su aire desafiante había desaparecido y ahora sus ojos permanecían fijos en el suelo. Doña Angustias y su hijo se pusieron en pie y se le acercaron. Don Luis llevaba en la mano una bolsa de cuero marrón. Mientras depositaba en la mano del comedor de pecados las monedas, el trueno, en su sempiterna persecución del relámpago, pareció alcanzarlo y al resplandor que iluminó toda la habitación siguió, casi a la vez, el estruendo que hizo tintinear las copas de vidrio de las alacenas.
-¡Santa Bárbara bendita!- exclamó la mujer.-
Mouro levantó la cabeza y las palabras explotaron en su boca.
-¡Cállate mujer! ¡Que sólo sabes rezar y no sirves ni para darme placer en la cama!-
La sangre desapareció de la cara de doña Angustias, alcanzando una palidez aún mayor que la del cadáver de su marido. Cerdeó hacia atrás y se desplomó sobre el sofá. Su hijo don Luis se abalanzó sobre el hombre y a empellones y golpes le empujó fuera de la habitación, tirándole el resto del dinero.
Los tres hombres se acercaron a Doña Angustias, que seguía sin recobrar el color.
-Él. Era él.-musitaba sin poder respirar.
El notario dio unos pasos atrás.-No, no puede ser. Antes de iniciar el rito, ese hombre me dijo que al captar los pecados del muerto, también adquiría las flaquezas, las debilidades que son la causa de los mismos. ¡Se vuelve como ellos! ¡Toma también su personalidad y cualidades más terribles! –
La mujer, que había permanecido queda escuchando, se levantó bruscamente.
-Luisito- balbuceó mientras corría hacia la puerta gritando: -¡Sara! ¡Sara, ¿Dónde está mi nieto?-
La criada apareció azorada en la puerta.
-Señora lo había dejado dormido en su cuarto. Pero, ahora…-la muchacha tartamudeó- …ahora no está.
Doña Angustias se desplomó de rodillas. Las lágrimas que ahora brotaban de sus ojos sí las originaba el dolor, la congoja, el abatimiento.
-No. ¡Dios mío! ¡No!-
El sacerdote se le acercó intentando consolarla y entender.
-Pero señora, ¿qué ocurre?
-Él, él era el sacamantecas- la mujer había girado la cabeza hacia la habitación donde se velaba el cadáver.
El clérigo se levantó horrorizado.
-Don Luis, un pederasta.– Se quedó pensativo.- Y ahora Mouro… -La sorpresa dio paso a la indignación. –Y usted- señaló a la mujer que aún permanecía de hinojos- ¡usted, lo sabía!.

En toda la casa se oían gritos y ordenes. Los criados corrían de un lado a otro, registrando la vivienda. Don Luis se precipitaba de piso en piso, mientras en la sala el notario sentado a la mesa sostenía su cabeza con ambas manos y la mujer lloraba desconsolada en el suelo. El cura miró su reloj. Aún no habían pasado doce horas. Muy despacio, se dirigió a la habitación donde ya nadie velaba el muerto. Miró con desprecio el rostro del cadáver que presentaba un aspecto terrible, con la boca entreabierta y las manchas de vino y restos de pan salpicando la barba. Metió las manos en sus bolsillos y sacó un pequeño libro con los filos cárdenos y una estola negra. Mientras se la coloca al cuello musita:
-Devuélveme, Señor, la túnica de la inmortalidad, que perdí por el pecado de los primeros padres; y, aunque me acerco a tus sagrados misterios indignamente, haz que merezca, no obstante, el gozo eterno.-
Ya en voz alta y mirando fijamente al difunto, continúa:
-Ego excommunico vos…

Sien Scevola
Junio 2016

Anuncios

3 comentarios en “El COMEDOR DE PECADOS

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s