LAS EDADES DEL HOMBRE: LA MADUREZ

 

“No podemos arrancar una página del libro de nuestras vidas, pero podemos tirar el libro al fuego.” George Sand

El celaje del cielo otoñal acompañaba,  hacía juego con sus cavilaciones, casi cubiertas por la capa que cubre todos los humanos pensamientos. Caminaba de forma indeliberada por medio de la avenida. Sus pies, izados sobre finos y largos tacones seguían el camino de baldosas, ajenos al bisbiseo de imágenes, recuerdos y sentimientos que ocupaban su mente adormecida.

La quietud de sentirse inmóvil hizo volar la nube que adormecía sus sentidos. Estaba en una calle estrecha y se había detenido delante de la puerta de un bar. Alzó la cabeza y vio un cartel en forma de rueca que anunciaba el nombre del establecimiento: Las Moiras. Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo bajo el grueso abrigo largo de paño clásico. Como impulsada por un rayo, su mente le disparaba imágenes, sonidos, hacía muchas décadas enterradas en su consciencia. Al empujar la puerta, el olor vino a acrecentar, rememorar los recuerdos del pasado. Nada parecía haber cambiado, la luz oculta, escondida, daba pie a la intimidad, al silencio cómplice. Al fondo, sobre una pequeña tarima, un rayo de luz amarillento iluminaba el escenario emulando al sol en su pequeño universo. Un hombre, sentado, con la cabeza gacha y la cara oculta por un raído fedora, oscuro bajo la luz del tablado, sostenía entre sus manos una guitarra a la que quería despertar arrancándole  todas y cada una de las notas escondidas en su vientre.  Detrás del mostrador un hombre todo vestido de negro, incluido el mandil, lavaba en el fregadero distraídamente.

El camarero la miró fijamente. El abrigo caído sobre los hombros hacía de negra capa que no ocultaba por completo un cuerpo esbelto, también vestido de negro. La camisola terminaba a media cadera, donde sobre cubría el pantalón que insinuaba el cuerpo delgado.  El dorado del broche que abría el escote lucia brillante sobre el canalillo que apenas sugería la presencia de los pechos. El mismo oro que cerraba el delgado cinturón que cercaba su cintura,  bordeaba el pequeño bolso de charol y ocupaba generoso gran parte de la muñeca.

Mientras se despojaba del abrigo y cuidadosamente lo colocaba sobre un taburete, sintió la mirada del camarero y su mano acarició su cadera, alisándose una arruga inexistente.

Pidió un Martini blanco. Mientras lo preparaba el hombre le preguntó:

-¿De camino a una fiesta o ya de vuelta de ella?-

La mujer pareció sorprenderse por la pregunta y miró extrañada hacia la calle, que ya aparecía iluminada por la luz pajiza de las farolas.-Vuelvo, y no precisamente de una fiesta. De un funeral.-

El camarero titubeó.-Lo siento. Ha debido de ser de alguien importante para tener que ir tan elegante. ¿Algún familiar o sólo conocido?-

-Una amiga, una vieja y querida amiga. Nos conocíamos desde el instituto e hicimos la carrera juntas. Ya no nos veíamos tanto pero seguíamos en contacto.- Por un instante el maquillaje, apenas insinuado, fue vencido por las arrugas que bordeaban su boca, de finos y rojos labios. El cincel del tiempo imponía su ley sobre la obra del hombre.

-¿Ha sido en alguna iglesia cercana?- Siguió preguntando el hombre mientras escanciaba el dorado líquido en la copa.

La mujer tardó en contestar, mientras extraía del bolso un paquete de tabaco y un encendedor dorado.

-En realidad ha sido bastante lejos- mientras sacaba un cigarrillo miró a su alrededor, a la penumbra de la sala. Bajo la luz macilenta el local parecía vacío. Sólo al fondo,  sobre el escenario el hombre seguía afanándose, con la cabeza gacha, en algún menester delicado.-No sé muy bien como he llegado hasta aquí. Aunque creo saber por qué. ¡Dormilón!-, llamó dirigiéndose a la figura sobre el escenario.

El hombre irguió la cabeza, dirigiendo su mirada hacia la barra. Sólo eran sombras. Levantó la mano como educado saludo y siguió rebuscando en el estuche de su guitarra. Encorvado, bajo la tenue luz, su piel negra parecía de grafito.

-No creo que se acuerde ya de mí.- Once upon a time there was a tavern- dijo volviendo la cabeza hacia el camarero. ¿Conoce la canción? Es de nuestra época.

Por un instante miró interesado a la mujer.-Claro, Mary Hopkins, finales de los sesenta. Pero ese no era el título. Se titulaba Those were the days.-

-Sí, solo trataba de tatarear el primer verso. ¿Sabe lo que dice la letra? Habla del pasado, cuando  nos reuníamos con los amigos para soñar con las grandes cosas que haríamos en el futuro. Era una de mis canciones favoritas. Y de mi amiga Julia. Es curioso pero debe hacer años que no recordaba esa canción. Y hoy al despedirla creo que su recuerdo me ha traído hasta aquí.-

-Parece que ha conseguido todas las grandes cosas que quería hacer-. El camarero había dejado de un lado sus quehaceres y parecía ahora interesado en la conversación. -La vida ha sido magnánima y el destino generoso.- Al hablar sus ojos señalaban las joyas que la mujer ostentaba indiferente.

-Mi vida es un punto en el continuo, lineal y plano espacio tiempo, como dijo o debió decir alguien. No puedo, o mejor dicho, no debo quejarme. Tengo todo lo que el dinero puede comprar. Un marido honesto y tres hijos maravillosos que ya no me necesitan.

– Pero, en este punto del continuo, está sentada en la barra de un bar, hablando con un camarero. Cuando el  destino no mira hacia el futuro, sino hacia el pasado, vislumbrando las mutaciones que provocamos en el porvenir y recordando los propósitos aparcados por la realidad………- filosofó el camarero maquinalmente.- ¿Algún sueño se quedó roto en el camino?-preguntó curioso.

-Sueños, vanidades, todas las horas que esperábamos vivir; el martillo del tiempo es implacable y muchas veces cruel. Y esa sensación de haber perdido el momento, de haberlo dejado olvidado en algún lugar del pasado.

-En un lugar como este.- Apostillo el camarero. -Nunca había oído que alguna vez éste hubiera sido un sitio de moda, una abadía de Thelema donde soñar al ritmo de canciones de moda.

Ella levantó la mirada de la copa.

-Tienes razón, cuando yo estaba por aquí ya era un tugurio de poca luz, música blues, y desde luego reprimía más que alentaba sueños.- Miró a su alrededor- Y veo que no ha cambiado.- Fugaces, de nuevo aparecieron las ensoñaciones que la habían hecho volver a aquel lugar. Imágenes de juventud, cuando la vida se escurría veloz entre días llenos de actividad. Tiempo en que el trabajar por las noches en aquel antro le permitía pagarse la universidad. Se veía a ella con aquel mandil negro, detrás de la barra, sirviendo copas a lobos esteparios y a parejas invisibles bajo la oscuridad del local. Y escuchaba a Dormilón, con su original timbre de voz, con cadencia entrecortada y fraseo desencajado y le parecía estar escuchando su canción, la que siempre le cantaba mientras cerraba el bar.

“Little Laura was a gal, sh’ s sixteen…”

Notó como la canción en su cabeza encajaba con la música que llegaba hasta sus oídos. Volvió la cabeza hacia el escenario y vio como el músico la miraba mientras rasgaba su guitarra y cantaba:

“Little Laura was a dreamer, dreamed ‘ost ever’t’ing

She’s the dreamiest gal, dreamiest gal I ever seen”

Sonrió mientras acertaba a adivinar que Dormilón le guiñaba su ojo bueno bajo sus gafas oscuras.

El camarero miraba nervioso a la mujer, mientras en su interior buscaba la ayuda del desparpajo de Rabelais, la filosofía y la profundidad del mejor  Cervantes y la ironía    de Sterne. Hacía mucho, cuarenta cuarentenas de noches o más, que esperaba. Intentaba recordar cómo le habían convencido a él. Y, sobre todo, le reconcomía la ansiedad. La sola posibilidad de poder recuperar su vida, su presente, le producía un estado de angustia y temor. Intentó pensar como lo había hecho cuando inventaba un personaje para una nueva novela. ¿Qué palabras podía poner en su boca? Pero recordó que ya no era él, que tendría que ser el camarero el persuasor, el seductor.

La canción había terminado y la mujer mandó con la mano un cariñoso beso al músico.

-Decían los griegos que el movimiento no existe, por las infinitas partes en que se puede dividir una distancia. La vida también se puede fraccionar en partes, no infinitas, que son las decisiones  que vamos tomando a lo largo de ella.-

Laura volvió la cabeza hacia el camarero extrañada. Aún recordaba el tener que aguantar las peroratas de anacoretas urbanos, trasnochadores solitarios y le resultaba sorprendente el intercambio de papeles.

-Le voy a contar un secreto. Cuando las Moiras tejen el hilo de la vida, no lo hacen de oro, sino de seda. Conforme se desmadeja, de él surgen pequeños flecos, filamentos que quedan alrededor. Son los momentos en la vida en que tenemos que tomar decisiones, el don divino del libre albedrío. No hay destino, ni predestinación. Como al caballero del bosque, es nuestra elección la que nos lleva a seguir un camino u otro. No somos algo creado ya, sino una posibilidad y el camino que nos conduce a lo que somos sólo se recorre a pequeños trocitos, en etapas en las que optamos y elegimos.- Las palabras les salían a borbotones y a él mismo le costaba comprender lo que estaba diciendo.

Ella miró con cariño al camarero. Si algo había aprendido en sus años de trabajo detrás de la barra era a no intentar comprender lo que le decían los seres solitarios que se escondían allí, entre sus pensamientos y sus copas. Aunque, en el fondo, también reconocía que aquellas charlas, oídas más que escuchadas, habían dejado un poso inconformista y rebelde en su conciencia. Intentó seguir la conversación al camarero.

-Sólo hay un presente. El que hemos labrado en esas etapas que dices. Y si hay algo inmutable es el pasado. Sólo podemos recordar que en algunos momentos pudimos elegir otros caminos e intentar aprender de las malas decisiones que tomamos.-

El hombre mal disimuló su regocijo.

-Eso no es del todo cierto. ¿Qué me diría si yo consiguiera hacer que pudiera cambiar un error del pasado?  Seguro que muchas veces habrá pensado: “Si pudiera volver atrás cambiaría esta decisión”.Y qué mejor sitio para emborrachar a las Moiras que este.

Laura no pudo menos que sonreír. –Por supuesto- hizo una pausa y durante un instante su rostro se ensombreció.- Me hubiera gustado ejercer mi profesión. Hice la carrera con mucho esfuerzo y sacrificio, para, una vez acabada, casarme y ser una madre, una esposa, un ama de casa titulada. No me quejo. Tengo todo lo que necesito y más. Pero sí, a veces me pregunto qué hubiera pasado si hubiera seguido otro camino.- volvió a sonreír. –Lo hecho, hecho está y nadie puede cambiarlo, ni siquiera un camarero filósofo.-

Mientras ella hablaba, el hombre, con un gesto de la mano había llamado al músico. Un escalofrío recorrió la espalda del solista mientras saludaba con un beso en la mejilla a Laura.

-Tú siempre helado de frío.- le dijo la mujer, acariciándole el brazo.

-Pequeña Laura, ¿sabes lo que estás haciendo?- musitó el viejo.

-No le haga caso a esta vieja momia que tiene congelada la sangre desde hace años.- terció el camarero, a la vez que de forma imperiosa pedía al músico su reloj. Éste lo sacó de su bolsillo y se lo entregó con mano temblorosa. Debajo de la tapa de la saboneta había una moneda de color plata sucia. En una de sus caras había grabado un animal de fauces abiertas y una reina en la otra.

-Esta moneda es mágica, concede a quien la lance la posibilidad de trasladarse a su pasado y cambiar una decisión, optar por otro camino, seguir una hebra distinta del hilo de su vida.

-Cuéntalo todo.- La voz seca del músico pareció salir del ala del sombrero.

-Alguien ya lanzó esta moneda antes. Ahora, al lanzarla de nuevo, se deshace el cambio que pidió quién la lanzara. No hay que escoger. No se puede optar por el tigre o la dama. La moneda decide.- El camarero había cogido la pieza y se la ofrecía a Laura. -La única diferencia entre salir una cara u otra es que el cambio será para siempre o podrá ser anulado.-

-La mujer la cogió, divertidita e incrédula.- Esta bien juguemos.-La moneda voló plana por el aire y, como atraída por un imán, cayó también horizontal sobre la madera de la barra, inmóvil.

-Señor. Estamos cerrando.- La voz de la camarera a mi espalda me sobresaltó. Mientras limpiaba una mesa, una guedeja de pelo grasiento le ocultaba parcialmente el rostro envejecido. El maquillaje había sido sustituido por arrugas crecientes y el cansancio de los ojos, ahora físico y mental, había oscurecido su mirada.

Estaba sentado a una mesa cerca del escenario, desde donde Dormilón me miraba fijamente por detrás de sus gafas oscuras. Sobre la mesa, casi recién abiertos los ojos a la vida, mi última novela, junto a una copa casi vacía.

-¿Qué hora es?- le pregunté.

El músico sacó un reloj de bolsillo y lo acarició con las yemas encallecidas de sus dedos, sin abrirlo.-Hora de marcharse.- dijo manteniendo su mirada fija en mí.- ¿O quiere volver a jugar? –

El fresco aire de la noche terminó de resucitar mi memoria al abrir la puerta del local. Antes de cerrarla las primeras notas de una melodía familiar llegaron a mis oídos:

“Little Laura was a gal, sh’ s sixteen…” , la voz desfallecida del músico despedía, como cada día, como cada noche, a Laura.

Sien Scevola

Febrero 2017

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