Añoranza

“¿Por qué volvéis a la memoria mía,
tristes recuerdos del placer perdido…?”
-José de Espronceda

   La luz descubre al molino inmutable, silencioso, anclado por sus profundos sillares de roca y tiempo, como si se tratase de un viejo barco abandonado a su ruina que, tras encallar en el incontable mar de la llanura, yace inerte, sin las velas que vestían antaño los mástiles de sus aspas y que daban vida a su giro sin fin. El coloso nota como el cálido saludo del astro recorre su blanca piel de piedra encalada, sacándole con desgana de su sopor de descuido y soledad. El calor despereza con secos crujidos sus secos huesos de madera y el amigo viento, que antes animaba su labor, ahora se cuela revoltoso entre la desnudas rejillas de sus palas sin apenas despabilarlas.

   El tiempo es sin duda un enemigo cruel, los granos que marcan su paso se vuelven lentos en su caída cuando el quehacer es poco, la memoria se alía con él en la batalla de la rutina y los recuerdos de otro tiempo, en que el ajetreo de lo cotidiano trasmutaba las horas en minutos, no urden ya otra cosa si no es hacer pasar más lentamente el continuo devenir de los segundos, con una insufrible y densa galbana, martirizando al molino que aún recuerda, con la claridad que da la oportunidad de recordar sin prisa, aquellos días lejanos en que los hombres en su debilidad, venían a buscar la fuerza de sus palas vestidas de blanco, que aliadas con el soplo del cierzo, molían el grano para armar de pan la batalla contra el hambre y la miseria.

   Aún conserva vivo el recuerdo del aroma del trigo sarraceno recién molido, el blanco del grano triturado inundando todo en su interior, el bullicio de los que iban y venían sin descanso trayendo el fruto de la tierra para luego llevarse, dejando un rastro blanco y alegre, los sacos colmados de harina con los que bregar todo el año con la necesidad; todo permanece intacto en su recuerdo como si hubiera sucedido ayer mismo. Pero ahora el susurro veloz de la brisa es su única compañía y su mensajero, sus alas invisibles aún le traen olores a campo recién segado; los hombres siguen necesitando moler su grano dorado y generoso, pero ahora en vez de hacerlo al compás del crujir sosegado de sus cuadernas, prefieren hacerlo ensordecidos por el ritmo atronador de grandes maquinas sin alma, siempre hambrientas, animadas por el fuego de la quema agónica del pestilente petróleo. El antes limpio viento ahora bulle, espeso y gris, preñado del tufo grasiento que genera la respiración sucia de estas máquinas atroces, que han acelerado el pulso de los hombres, haciéndolos esclavos de su velocidad, dueños ciegos sólo de su propia prisa.

   Los tiempos del hambre de pan ya pasaron, ahora los hombres tienen otro tipo de hambre que no parece tener hartura. Viviendo al ritmo acelerado, impuesto por las máquinas que ellos mismos han creado, han aumentado sin pretenderlo también su ansia por las cosas y aunque en su fondo aún pervive el anhelo de una vida al compás del rumor del viento, el ruido cegador de sus propios deseos insatisfechos hace que vuelvan a la vorágine de la métrica moderna, más eficaz, más productiva y sin embargo más vacía.

   Por suerte la memoria siempre es un refugio seguro para el que pasó tiempos mejores y memoria no le falta al titán ausente, puede recordar cada verano y cada una de las caras de los hombres y mujeres que llegaron en su tiempo buscando su ayuda para moler el hambre con cada giro de sus muelas de piedra.

   Cientos, quizás miles de rostros pasaron por allí, algunas caras llegaron por primera vez con pocos años y las fue reconociendo estación tras estación, molienda tras molienda, dejando que el tiempo las vistiese de arrugas y coronase con plata, hasta que dejaron de volver y fueron sustituidas por otras caras, por otras gentes. Él asistió, como un dios ajeno a las edades, al paso de aquellos rostros fugaces y como una vieja deidad, ahora se veía condenado a vivir olvidado por los mismos hombres que antes rindieron pleitesía al poder, dormido ahora, de sus aspas inmóviles.

   Pero la memoria del titán es caprichosa, de entre todos sus recuerdos siempre hay uno que se repite terco y vivo. Sólo lo vio en una ocasión y sin embargo jamás ha podido olvidar a aquel hombre extraño que vestido de hierro y de locura osó enfrentarse a él al trote de su raquítica montura. Lo vio venir sin darle crédito, ¿qué buscaba aquel infeliz enfrentándose a su poder de piedra y viento?

   Apenas le costó trabajo aventarlo contra el cielo azul; lo vio caer roto contra el suelo seco y sintió pena por aquel demente que yacía a sus pies sin resuello. Se sorprendió reconociendo que de entre todos los hombres que había conocido, de entre todas los rostros que había visto a lo largo de su existencia, el de aquel perturbado personaje era el único que recordaba con cariño. El tiempo los había hecho hermanos en la derrota, y ahora que él mismo yacía inútil, anclado sobre sus pies de roca, le hubiera gustado poder levantarse como aquel hombre, que aún derrotado mantuvo la dignidad de aquellos pocos que son capaces de atreverse a retar a la utopía, de osar enfrentar titanes sin más armas que su arrojo y que aunque pierdan el lance, jamás nadie les podrá negar el galardón de enfrentarse a lo imposible, de luchar en vano contra colosos, no por fama ni fortuna, si no simplemente porque lo creen justo.

   Los ojos del gigante otean sin éxito una vez más el horizonte y barrunta para sí:

— ¿Dónde estará aquel loco? Si supiera cuanto lo añoro, sólo él supo por un instante convertirme en un gigante.

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